lunes, 19 de febrero de 2018

Dolor emocional: El dolor que te lastima también te fortalece


“El mundo nos rompe a todos, y después muchos se vuelven más fuertes en los lugares rotos”, escribió Ernest Hemingway. Por desgracia, hay personas que no se recuperan de los golpes que les da la vida, no son capaces de dejar que sus heridas cicatricen y estas terminan condicionando tanto su presente como su futuro.

El dolor emocional puede llegar a ser mucho más resistente e intenso que el dolor físico. Por desgracia, nos han educado para evitar el dolor, en vez de enseñarnos a lidiar con él y utilizarlo como trampolín para crecer. Por eso, no es extraño que cuando nos enfrentemos a situaciones que nos causan sufrimiento, pongamos en marcha estrategias que nos hacen sentir aún peor y retrasan la curación emocional.

Los 3 pasos para superar el dolor emocional
                    
1. El dolor no es tu amigo, pero tampoco tu enemigo 

El dolor se encuentra en nuestro interior, no podemos escapar de él, si bien es cierto que en algunas circunstancias es conveniente alejarse de la fuente que lo causa. No obstante, siempre es necesario realizar un trabajo interior.

Negar el dolor no es la mejor manera de lidiar con el sufrimiento. El dolor emocional es un síntoma, la señal de que algo no anda bien y debemos “arreglarlo”. Por eso, el primer paso para superarlo consiste en aceptar su existencia y aprender a convivir con él hasta que poco a poco se vaya aliviando.

Cuando sufrimos una experiencia traumática, esas huellas dolorosas se quedan grabadas en nuestro cerebro. Neurocientíficos de la Universidad de Harvard les pidieron a personas que habían sufrido un trauma que escucharan una descripción de lo sucedido, mientras escaneaban sus cerebros. Comprobaron que cuando las personas no habían logrado pasar página, se activaban en especial la amígdala, el núcleo del miedo y la corteza visual, lo cual significaba que estaban reviviendo esos sucesos de manera particularmente intensa.

Al contrario, en las personas que habían logrado superar el trauma, se activaba el área de Broca, responsable del lenguaje. Esto significa que esas personas han convertido el suceso doloroso en una experiencia narrativa que han incorporado a su historia vital, de manera que han logrado despojarlo, al menos en parte, de su impacto emocional.

Al inicio, la idea es tomar nota del dolor, como podríamos tomar nota del resto de cosas que nos rodean, pero intentando no dramatizar aún más. Es decirse: “siento dolor, soy consciente de ello y es una respuesta normal que se irá atenuando con el paso de los días”. Por supuesto, no se trata de aceptar únicamente ese dolor sino también todos los sentimientos que acarrea consigo, desde la ira hasta la frustración.
                           
2. Aceptación radical: Ante males extremos, remedios extremos

El psicólogo William James escribió: “La aceptación de lo que ha sucedido es el primer paso para superar las consecuencias de cualquier desgracia”. Si nos quedamos rumiando lo ocurrido, jamás podremos pasar página.

Tara Brach nos propone abrazar la aceptación radical, que es “reconocer con claridad lo que estamos sintiendo en el presente, de manera que podamos lidiar con esa experiencia con compasión”. Eso significa aceptar todo lo que nos ocurre en la vida sin presentar resistencia. No significa resignarse, sino asumir que determinadas cosas han sucedido y no las podemos cambiar, en vez de realizar continuamente juicios de valor que nos sumerjan en un bucle de negatividad, como por ejemplo: “No debe ser así”, “No es justo” o “¿Por qué me ha pasado a mí?”

Cuando asumimos un hecho, por muy doloroso que sea, seremos capaces de comprender que ese suceso forma parte del pasado, y que lo que está condicionando nuestro presente son los pensamientos y emociones que nosotros estamos alimentando. Por supuesto, no es fácil, la aceptación no llega de un plumazo, es un proceso que demanda un arduo trabajo psicológico.

Sin embargo, a medida que aceptes que ese hecho forma parte del pasado, tu cerebro lo irá procesando, hasta que logre “desconectarlo” de tu presente. Cuando asumes que no puedes cambiar lo ocurrido, el cerebro dejará de buscar soluciones, lo cual significa que dejarás de rumiar y revivir la experiencia dolorosa una y otra vez en tu mente.

                             
3. Recomponer los pedazos rotos que deja tras de sí el dolor

La adversidad ataca a todos, somos nosotros quienes debemos aprender no solamente a sobrevivir sino a salir fortalecidos de esa experiencia. Ser supervivientes que arrastran consigo ese dolor emocional puede convertirse en una auténtica pesadilla. 

Existen personas que tienen una habilidad natural para recomponer esos pedazos rotos, son personas resilientes que tienen extraordinarios recursos de recuperación emocional. Otras personas deben desarrollar esas habilidades. Según el psicólogo Guy Winch, “la pérdida y el trauma pueden destrozar los pedazos de nuestras vidas, hacer estragos en nuestras relaciones y subvertir nuestra propia identidad”, pero es necesario recomponer esos pedazos.

De hecho, las experiencias traumáticas que dejan tras de sí un gran sufrimiento son precisamente tan dolorosas, entre otros motivos, porque hacen añicos nuestras creencias sobre el mundo, haciéndonos notar que no es un lugar tan seguro como pensábamos. Ese descubrimiento puede ser bastante desestabilizador porque no solo se trata de recuperarse del golpe sufrido sino que nos hace conscientes de que la vida puede depararnos golpes aún más dolorosos. 

Para sanar esa herida, necesitamos tiempo y hacer un profundo trabajo introspectivo. De hecho, en muchas ocasiones no se trata de volver a colocar los pedazos rotos en su sitio, como haríamos con un jarrón que se ha quebrado, sino de encontrar nuevas formas para lograr que esos pedazos encajen. Eso significa que podrías encontrarle un nuevo sentido a tu vida, comprender cómo esa experiencia te ha hecho más fuerte o incluso animarte a emprender nuevos proyectos. Si usas el dolor como una oportunidad para crecer, en vez de verlo únicamente como una piedra molesta en tu camino, no habrá sido en vano.

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