
Todos abrimos varias veces la nevera sabiendo que seguramente nada nuevo aparecerá allí por sí solo. Cada persona hace cosas que ella misma considera ilógicas, y quienes la rodean comienzan a pensar que es rara por algunas de sus acciones.
Esto es una recopilación de varias confesiones honestas sobre pequeñas rarezas diarias en las cuales muchos se reconocen.
-Cuando la gente estornuda les digo “¡Felicidades!” en lugar de “¡Salud!”. Y siempre me preguntan por qué lo hago. En el colegio tuve un profesor que contó que en la antigua Roma la gente decía “¡Felicidades!” cuando una persona estornudaba, porque creían que de esta manera la enfermedad dejaba el cuerpo. Fue así que desarrollé ese hábito tan extraño.
-No puedo subir al automóvil como la mayoría de las personas: primero poner un pie en la cabina y luego todo lo demás. Mis amigos siempre se ríen de mí cuando ven cómo lo hago. Primero me siento y recién después pongo mis pies en la cabina.

-Ato los cordones de mis zapatos usando el método de “orejas de conejo”. Honestamente traté de hacerlo de manera diferente, pero no puedo. Lo único que me irrita de este método es que el nudo resulta ser vertical, y no horizontal.
-Realmente me encanta hablar conmigo misma e inventar historias en mi cabeza que nunca sucederán. Pero esta rareza tiene su beneficio: esos pensamientos me hacen más feliz.
-Nunca me pareció extraño, pero mis amigos me dijeron que nadie come kiwi con cáscara. Sigo sin entender por qué es necesario pelarlo.
-Desde la infancia tengo la costumbre de comer cereal sin leche.
-No puedo sacarme la costumbre de lamer los platos. En casa no pasa nada, pero cuando estoy comiendo afuera, apenas me contengo, y algunas veces reemplazo la lengua con un trozo de pan y recojo el resto de la comida de mi plato. Debe parecer que tengo mucha hambre, pero me resulta difícil manejarlo.

-Sumo todos los números que veo: la hora del reloj, los números de las casas y cualquier otra cifra con la que me cruce. Y en el televisor, el volumen definitivamente debe estar en un número impar y no en 13. No me gustan los números pares.
-Googleo cualquier pregunta. Incluso aquellas de las que estoy seguro.
-Cuando aprendo un idioma extranjero, juego a la escuela. Hago el papel tanto del profesor, como de los alumnos.
-No puedo mirar algo durante mucho tiempo. Por lo tanto, cuando prendo el televisor o un video en Internet que dura más de 15 minutos, hago otra cosa en paralelo. Muy a menudo uso el iPad o el teléfono y juego a un juego simple.
-Todavía trato no pisar las grietas en el asfalto.
-Cuando leo un libro, si leo una palabra incorrectamente, vuelvo a leer toda la oración. De lo contrario, no puedo seguir leyendo.
-Cuando me lavo los dientes o los platos, me paro sobre un pie, como una cigüeña.

-Tengo un hábito desde mi infancia: apenas entro, aunque tenga puesto un gorro y un abrigo, inmediatamente me quito los zapatos y los calcetines.
-Me encanta arrancarlo todo: las etiquetas en las botellas, los chicles en las sillas. No importa qué, lo principal es el proceso. En casa siempre tengo una mascarilla. A veces llego a casa de mal humor, me la pongo en las manos, espero hasta que se seque y luego la arranco. Esto me tranquiliza.
¿Encontraste tus rarezas entre estas historias? ¿O tal vez tienes un hábito aún más inusual? ¡Compártelo en los comentarios, nos interesa mucho!
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